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Ingresar a ese centro que duele tanto y buscar la cáscara, la cicatriz; porque debajo de esa carne algo golpea duramente. Entrar sin permiso y arrancar con fiereza la amargura. Decir basta a esta mudez que no nos deja vivir. Para aliviar un poco al cuerpo busco en la alacena un té de "galleta y jenjibre" y lo saboreo en silencio, hasta sentir que los dedos dejan marcas en las asas. El té cura, o al menos me calienta. Me sobrepongo un instante y empiezo a decir cosas en voz alta, como si yo misma necesitara escucharlas una vez más, para que por fin se cumplan y los caminos se abran otra vez. Transitar por una nueva niebla, pero no por eso temer a esa gris oscuridad que no me deja ver la realidad. Cruzar el laberinto, si acaso el laberinto es el verdadero camino al encuentro. Olga Orozco tiene unos versos justos para este sentimiento: "Escarba, escarba en donde más duela en tu corazón. Es necesario estar como si no estuvieras." Siempre ella tan exacta. Esto llega lueg…
¿dónde comienza la libertad
del que adora y muerde la piel?
dos acciones esencialmente eróticas
van de esas manos al cuerpo
suben y bajan los dedos a mis nalgas
evaporándose
invisible atmósfera donde el deseo
hinca sus dientes
y reclama hambre
siempre de esa boca
mientras el grito llega acaudalado
morder y adorar
signos que rasguñan la profundidad
donde sólo los amantes se enmarañan
¿dónde comienza la libertad
del que cabalga dulcemente
sobre el vientre de ese otro?
al oído
siempre se escucha una plegaria
finita atadura donde los dedos
se entrelazan
comedidos
Ese instante de abrir el blog y leer la última entrada y sentir el deseo enorme de borrarla. Y entonces las manos, presurosas, editan el archivo y desaparecen cualquier evidencia de aquello que es basura. Detestable, en otras palabras. ¿Qué sucede en ese momento donde todo lo que se escribe se siente una simple porquería?
señal imprecisa que recorre mis manos
y devela la oscuridad milimétrica que
aferrada a los huesos
pica y zumba
la lumbre en el centro de la intimidad
enardece al vientre
y la tempestad resuena dentro
muy hondo
un cuerpo tirita
acompasado
a su propio grito

que alguien hurgue este enmarañado rostro
para qué mentir:
la mañana se anuncia como guerra imposible
cuerpo revestido de sueño
claridad en los ojos como vestigio
y estas manos en posición torrente
adormiladas, bandidas y ajustadas a la almohada
presiono entonces el botón de cólera
y me abandono aún más al delirio
cuánto quisiera tomar fuerzas que no existen e ingresar
con sarcasmo al pleno día
¿hay algo más difícil que comprender el misterio del cuerpo
a las ocho de la mañana?
para qué mentir:
el corazón es un ovillo de sueño, apretado junto al colchón
dormir
dormir
quiero
todo el día
Imagen
yo, desmelenada
parto del vínculo
del cuerpo y mi voz
me curvo
y la lengua rastrea
el sentimiento de orfandad
yo, casi bruja
destrabo, arranco
el verbo que por momentos
se vuelve conjuro
ya no me basto
digo al aire
y el lenguaje se alarga
salvajemente
husmea el suelo
relame el sabor del miedo
que, enmascarado, subyace en su cueva
por última vez
y el codo toca la aridez
la sequía
y el relámpago siempre
infinito, dulce y certero

yo, descreída
trazo un nombre
en el tapiz de la miseria
desmembrar
desventurar
descreer
desvencijar
repito
tarareo locamente
esta condición de sentirme desbordada
¿repetir el verbo hará que mi condición
transmute?

luminosa y bandida
tanteo la vegetación
hundo mis manos en el agua
escribo y recito
con el miedo a la lluvia
la voz se torna intacta
minúscula partícula
que enuncia un cuerpo
desde la tempestad
la errancia de un rostro invisible
y la torpeza de unos pies
que no encuentran el recinto
donde la palabra reverbera
entre estos dedos
el milagro es un i…
Imagen
alguna vez
lo pronuncié con profundo recelo
y entre mis dientes tembló
desesperado
solo
el verbo en su engranaje
pero nunca fue suficiente
esa danza del cuerpo robusto
arañando la esperanza de la visibilidad
el ver no estaba en la palabra
y tampoco en la escritura
hizo falta
entonces
que las manos comulgaran con la idea
de arrojar lo inservible
y de guardar entre los dedos
la necesidad del soplo de vida
para sobrevivir
esta vez
a la intemperie

alguna vez lo dije
pero tal vez nadie me escuchó
el silbido bajito
sábanas adentro
con el cuerpo húmedo
en espera de que alguien
abriese los bordes de la tela
y me viese por el hilo conductor del universo
sin embargo nadie vino
nadie nunca abrió la puerta
y las piernas quedaron truncas
con miedo a su propia sombra
siempre
de fondo
el llanto de niña
llanto de adolescente buscando el exilio
el auxilio de esta voz

alguna vez lo dije
pero hoy es tarde
el corazón duerme
arrinconado
en estos pechos
soberbio
tengo la certeza de que algo me llama
cómo saber qué pájaro está picoteando la herida
o en cuál geografía de esta oscuridad
la esperanza es latido
mordedura o muerte
como ese instante en que alguien
pronuncia una palabra
y el sonido se aísla
entonces cuestiono:
¿qué tan raudo vuela el miedo?
¿la decepción o el vacío?

y adviene una voz que más que consolar
devela que esconder es un signo de abandono
también escribir
encubrir la mano y negar lo escrito
implica ataduras
¿qué tan difícil es entender el camino?
¿la palabra siempre es la misma?

mi boca no conoce el lenguaje
no entiende por dónde partir
y dónde detenerse
por eso está decidida a guerrear
duramente
esta jodida vida
matarla o reconstruirla
hilvanarla desde cero
en Caracas llueve y llueve sin parar
belleza húmeda
escribo
y el ojo queda prendido del trueno
su grito adormece al oído
y el miedo se acobija desnudo
entre las manos
llueve
y el verde
de pronto
en el cuerpo
y mi casa con aroma a tierra mojada
a pies descalzos cruzando el río
de la sequía a la humedad
de la aridez a estas ganas de escribir
de tatuar
de forma precisa
el encandilamiento lluvioso
el caudal en la mirada

la precipitación
bien dentro
compungida
llanto corto
plegaria que no arranca
ojo húmedo
que pretende que moquee
largamente
no quiero morder el anzuelo
podría quedar
mareada de tanto mar
álgida palabra inacabada
álgido cuerpo temblando
álgida
más tácita
que presente
y enormemente
sola

sobrevivo

..
Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es la limpieza del hogar. El cuerpo completo siente inapetencia. Hasta en la escritura ronda una desgana que crece como una sutil enredadera. Ella toda es un germen sin nombre, una vacuidad a la que temo, porque no sé cuánto más crecerá. Uno de estos días, presiento, sus hojas tocarán la almohada donde mi cabeza descansa. Adormecen mis manos, en la apertura algo cobra un nuevo sentido. Los dedos hacen un nuevo intento. Quieren tomar la pluma. Hincarla. En la profundidad está la herida. Y donde duele siempre hay algo que escribir. Mi voz es un eco en el cuarto, el lenguaje necesita una sintaxis que no surge, la pienso, pero toda palabra queda sólo adherida a la lengua. Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es el sueño. Soñar largamente. El sueño como un viejo cristal que, al mínimo contacto, se romperá contra el suelo. El sueño largo y brumoso. Tinieblas de por medio. Despertar y sentir que, en esa otra profundidad…
cuerpo que tiembla
de tanto buscar el habla
y maldecir la lengua
los ojos mordidos
por el seno erecto
braman delicadamente
de adentro hacia lo bárbaro

lo cruel es enmascarar el nombre
tapiar el rostro que muge
desde la realidad desconocida

desatada mi lengua
despierto por fin
del desierto
la boca reseca
relame/revive
la humedad del augurio
un tenue brillo tienen mis labios
pero hablar no pueden

cuerpo que tiembla
manos carcomidas
y piel elástica
y acompasada a todo este dolor
el vértigo es apenas un columpio
donde me arrojo todos los días

henchidas
estas manos
no paran de escribir
y el temblor
la inocencia
de que se acabe
que algo interrumpa el incendio

poesía es también esta endereza
el asombro de reencontrarme con las palabras
detenerme en el llanto comedido
aluvión
remembranza de lo que alguna vez fue
un relámpago
suntuoso

y ya no existe

Claricense

Caracas, 03 de septiembre

Hace nomás un momento leía a Clarice. Un texto de ella en general me despierta ganas de escribir. Se encienden las ganas. Resulta extraño pero de pronto me veo escribiendo. Algo sucede en mis dedos: un encandilamiento, me digo. Clarice es eso. Encandila enormemente. Ella toda es una luz intermitente. Por eso me aboco firmemente a su voz. Me permito anclar. Ser libre. Dejarme empapar de esa oscuridad tan lúcida. Acaso sea justamente lo que me atraiga de sus textos: esa luminosidad que ella le otorga, que ella devela en algunos de sus libros. Definitivamente pareciera entender algo que uno como lector no lo verá nunca. O como sólo sus ojos lo anticipan y sus manos lo demuestran arraigadas en el papel. Clarice es un soplo de audacia. Reafirmo mi amor por ella. Locamente. Endemoniadamente amo a esta mujer. Cuánto hubiese dado por haberla conocido. Agradezco poder tener varios de sus libros en mi biblioteca. Una linda cosecha que lleva el nombre Clarice Lispector.
Córdoba, 08 de agosto de 2011

Preparando las valijas para ausentarme un poco más profundo de mí misma. Más al sur del corazón, para que nadie me encuentre. Reencuentro con viejas amigas, grandes amigas, grandiosas amigas. Una semana de paz. ojalá se extienda más allá del lunes. Qué viajo tan raro, me digo. Desde que llegué no hice más que merodear terrores a los que no quiero volver: la mano escarbando la tierra, buscando la humedad que hace falta a su vida. Humedad que riegue la aridez emocional. Eso.Que venga el agua y riegue el cuerpo. Que emancipe la noción de hambre y de soledad.  Un viaje raro, porque todo el tiempo me he sentido sola, a pesar de que he tenido a mucha gente a mi lado.Hemos conversado sobre el tema, pero dentro de mí, algo galopa a cada instante. Un animal que parece estar atado a un árbol apenas con una débil soga, y al menor susurro, va a salir desesperado a buscar libertad. La huida no conduce a ninguna parte. Por ahora hay que enfrentar los miedos, las inseguri…
Últimamente, el diálogo es más conmigo misma que con los demás. Converso no sólo con quién soy sino también con quién fui alguna vez. Lo raro es que todo conlleva un silencio raro. Tengo tan pocas ganas de ver a tanta gente. Este viaje no es como tantos otros, lo siento así a pesar de que hace pocas semanas que aterricé en Córdoba. Ando más sola que acompañada, pero porque quiero, lo necesito. Desde hoy que estoy escribiendo sin parar, como si fuese más que una urgencia transcribir el dolor del alma en un papel virtual, insípido y flojo. Escribir, hasta el hartazgo. En algún momento llegará el sosiego desde este interior. Algo callará dentro de mí y sabré que estoy en paz. Ya no quiero este oleaje que transgrede todo sentimiento. Menos el agua golpeándome el cuerpo desde dentro. Toda profundidad que sostenga el esqueleto existe apenas por una palabra que emito en las noches: transformación. Quiero cambiar. Y este viaje es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad. Desde acá veo un hori…
Mientras tomo un café bien fuerte, me dan vueltas varias ideas sobre el tema. Todas se han ido hilando en estos días, paulatinamente, como una gran urdimbre, gracias a las conversaciones sostenidas con varias amigas y con mi madre. En medio de una conversación con una amiga, ella dijo: “es como un bosque que no te deja ver el árbol”. Inmediatamente pensé en la espesura, en ese ramaje brusco que luego de un tiempo se convierte en hojarasca y que no deja ver del todo lo que existe más allá de la mirada. Un árbol que está sometido a su propia sombra, como si unas manos lo hubiesen arrancado de la luz y lo hubiesen dejado en lo más oscuro de un cuerpo. Mi cuerpo adherido a una piel desolada.
Admitir que este viaje ha sido un merodeo constante por lo más oscuro, cómo duele. Hincar la mirada allí donde todo se ha vuelto una espesura, esa costra que late y late en la piel, y en forma de cuerpo alza la voz para culparme. Desde que llegué tengo la misma sensación: de que algo en mí comenzó a desbordarse, y que un cimiento está por romperse. Miedo no me da, esta vez no. La sensación que siento es que debo seguir adelante. Mi madre ha sido de gran ayuda. La palabra nos vinculó aún más, en el acto de intentar hablar sobre lo que duele. Transformación, me dije el otro día. Y algo empezó a correr entre mis órganos, desesperado, como un animal en celo.  El problema ahora es domar a ese animal, ponerle freno, porque si este se desboca, ambos nos desbocamos.  Sin embargo, desbocar al cuerpo también sería una buena forma de trascender lo físico a un terreno mucho más intangible. Que el cuerpo sea más que órganos cimentados por una tosca piel, que sobrevive. La conversación ha dado bueno…

Fragmentos de la novela "Sólo los elefantes encuentran mandrágora"

"Las palabras, entonces, podían ser de espuma, de oro, de barro, y hasta del propio silencio solidificado para rehuir lo inefable. Pero estaban aquellas que dejábamos pasar por alto pues para qué comprometernos con su lastre. Y sin embargo, veníamos ya involucrados en ellas, íbamos hacia sus ardores del significante y el significado como los cometas al sol, aunque ignorando la feroz dependencia"
Armonía Somers. Sólo los elefantes encuentran mandrágora. El cuenco del plata.

Fragmentos de Antonia Palacios

No tengo dónde sostener la casa. Toda tierra es deleznable, toda tierra se derrumba. Pienso una casa en el aire, una morada abierta por donde transite el viento. En sus grandes agujeros anidarán las palomas. Mi madre llenará los vacíos dejando caer semillas desde su delantal ligero. Habrá latidos de perros y llegarán las tinieblas mucho después que el silencio. En el umbral de la puerta, mi madre vestida de blanco, recibirá el mensajero.
Todo se copia a sí mismo. Todo se refleja en un espacio perdido. El pájaro copia otro pájaro. La vida copia otra vida. Quiero mirar el pájaro caído desde lo alto, mirar comienzos de vuelo, alas en ejercicio y aquel aire que se copia de otros aires más ligeros. Voy contando los comienzos. En el sitio más fecundo mi madre se echó a dormir. El hambre me va acosando. Un hambre de cosas vivas. Mi madre inventa unos brazos que se alargan memorioso. Miro mi sitio vacío, clamo por el olvido. La claridad de mi madre comienza a copiar la sombra.
Tengo un ojo que …

Algunos más de Patricia Guzmán

Le metí la mano
                -pequeño y seco El corazón-

Nadie supo

cuál lastimadura

de qué lado

Dale,
dale con el pecho al cielo

...

Pájaro
come                                 en mis ojos


llora                                  aquí       dentro

Pájaro
Nunca en tus labios

...


Caen
uno a uno

con el pecho plano
por el golpe

con la boca abierta
por el golpe

Nada me extraña

El vértigo soy yo

...

Coloca pájaros en los floreros

Llénalos de agua a la altura del corazón

Quien llegue por ti
cuidará
..

No hablo

Para guardar el pájaro
en la boca

No beso

Para que ninguna lengua
le toque el pecho

No duermo

Para que no se asuste

¿Quién pregunta por él?

Poemas de Patricia Guzmán

Aliméntalo
con miedo
dale pájaro
con la mano
dale pájaro
para que duerma
siempre
a pesar del cuerpo


Estoy segura de mis miserias
(Son mías)
Lo más carne de mi corazón
Por lo bajo de esa carne aprendí a comer
Por lo bajo de esa carne aprendí a cantar
(Mis ojos están acostumbrados a guardar a guardar a guardar)
He jurado no quitarme el collar de perlas
No vaya a ser que me quede quieta cuando se abra el cielo
No vaya a ser que la flor sea perfecta
No vaya a ser que se me cierren los párpados
El corazón mío me devolverá
Estoy segura de mis miserias
(Son mías)
Ave apurada
Ave de mí


El amantísimo
rozó mi frente y oscureció mi nombre.


Patricia Guzmán. Soledad intacta. bid & co. editor.
hoy el cuerpo mismo llegó al hartazgo
a la imposibilidad
de que las manos profundicen en la propia piel
los círculos ahuecados que se abren
se cierran al mínimo contacto con los dedos
se cuartean pero no dejan espacio/y la sangre
que cae a borbotones por las piernas
cerradas o abiertas/el dolor es el mismo
el vientre hincándose sobre mí
patas arriba/torciendo su cabeza

hay días como estos
en que uno coloca su vértice bajo el agua
y el chorro sube y baje/por un mismo ducto
y ante el contacto con la humedad
el cuerpo tiembla/se balancea/se emociona?
de pronto me digo que estoy bien
que el cuerpo está por fin limpio
por dentro y fuera
y de pronto/algo vuelve a romperse
algo minúsculo
y el ruido deja sorda a la lengua
y un líquido entorpece el día
y todo vuelve a comenzar

y ni una caja de pastillas
puede salvarme
hagamos de cuenta que esto es un sueño
el deseo temblando en tu dedo
el hambre hueco /hincando en la transpiración
para ver si el cuerpo aún respira
el hambre y el miedo meciendo
el látigo furioso con que romperán
la sombra amalgamada en tu rostro
el ropaje nocturno manteniéndote lejos
emancipado/ruinoso/quejoso
hagamos de cuenta que esto es un sueño
el deseo buscando tu boca
manteniéndose sólo por un hilito nocturno
maldecido ferozmente
por la vacuidad de la noche

pero no es un sueño
y en esta dulzura casi intocable
mi mirada se retira/se aísla/se adormece
y enfoca lo oscuro
eso que duele tantísimo menos
mientras la sombra de tu cuerpo
arrimada junto a la mía se sostiene
de la frialdad de las sábanas
pero juro que existe un espacio
en medio del lecho
donde nuestros cuerpos se sustraen
conmovidos
todas las noches

Hijos de su madre

A vos, Romina,
porque detrás de nuestras conversaciones
 siempre rondan los fantasmas


hijos de su madre ellos que tiritan bien adentro que gimen una vez más en busca de mi boca en busca de estos pechos pero como me falta tanta misericordia se acurrucan pariendo odio golpeando el rostro para que hable y mugen encabritados y arañan mi cuerpo hijos de su madre ellos todos inclusive él que habita en la hora del sueño y me desvela a mitad de la noche y al oído con mis ojos ya muy abiertos columpia el cuerpo hacia la sombra del corazón para que nunca desate este cuerpo del suyo y para que mi lengua quede recordándolo una vez más en medio de la siesta
gélido el nombre
y en la lengua
el hartazgo de la memoria
muerta la palabra anuncia
la desnudez del miedo
al silencio
al desvarío
a la tentación por lo imposible
que no llega pero resuena en el cuerpo
y el galope en mis manos
y la sed que zozobra
horadándome

"Luisa" de Beatriz Vignoli

Tarde el nombre; no llega.
En las horas vendrá.
En las cucharas.
En la madre, en lo hija de su madre,
se le demora todavía la palabra.

Cree la madre que el nombre vendrá
como la lluvia, la muerte, la sangre.
Pero el nombre no viene.
El nombre no nace.
Vivita y sin nombre ella está ahí,
aún desanudada del lenguaje.

Piensa la hija: -No te escribiré.
Seré yo el pecho mudo, el pecho frío;
seré el pecho glacial.


Del libro "Bengala", Buenos Aires, 2009.
detrás de esta lengua ordinaria
hay atisbos de dulzura
pequeñas intermitencias
con que sortear la dureza del día
detrás de esta lengua impía
corren las palabras como animales en fuga
despavoridas, enormes y acaudaladas
y muerden poco a poco
los labios de los otros
casi amorosamente
para despertarles el deseo

frente al espejo
la bestia del corazón
ruge desprevenida
dilata su boca y bombea
pide más
y en medio de la noche
dentro del cuerpo
se oye un grito mordaz y tierno
con esas palabras desearía
develar la oscuridad
que esconden las manos
al encender el fuego
los dedos presos de las llamas
las palabras enhebradas
en el filo del temblor del verbo

develar la bestia del corazón
y silenciar la lengua
cortar milimétricamente
los pechos azorados
las piernas huesudas,
el reborde de la cintura que no cede
que no pide ningún tipo de misericordia
la navaja toma filo y hace un tajo entre estos dedos
que me ayudan a moverme en la intemperie
a tantear el suelo extendiendo con fino recelo el oído
el cuerpo que es también frialdad, el órgano indispuesto
salobre síntoma de que allí no hay que nadie a quien desear
la que una vez estuvo dejó sus retazos
las partes íntimas, adoloridas e informes

cortar milimétricamente
la lengua que balbuce el desastre
erguir de manera precisa el cuchillo
para que la mano no tiemble
al momento de hacer la herida
si estos dedos fuesen benditos
escribirían en pos de una danza
de la piel hecha jirones entre otras manos
de mi piel materna sufrida y destetada
de esa tierra que hoy no me contiene
por eso las palabras surgen de ese lugar
donde volver significaría contagiarse otra vez
de nuevas pérdidas

cortar milimétricamente el corazón
para que ese primer pálpito
que…
Oscuro follaje del cuerpo. La luminosidad sopla como una vela encendida. El fuego se apaga pero queda arañando mis dedos. Me duele tanto más en el vientre desde que el ardor se ha extendido hacia esta piel. Oscuro follaje es el cuerpo. Follaje que resguarda nombres de cosas que aún no entiendo en mi vida. Un reino. Una casa perdida. Una larga pesadilla donde un hermano pronuncia maldades y desata con sus palabras el peor dolor. Y dentro del sueño lloro desconsoladamente, lo abrazo y le reclamo: ¿adónde te fuiste?. Oscuro follaje es su cuerpo. Misericordia, a él le falta tanta misericordia que escucharlo hablar, espanta. Tapo mis oídos para no escuchar el sufrimiento. Oscuro follaje era esa casa. Todos nos fuimos con una parte de esa oscuridad, invisible de pronto para los demás, pero resistente. Y ante esta distancia, también yo he cargado con esa negrura, con la sombra de la que pudo haber sido una casa pero siempre fue un desierto. Socorrida por nadie. Todos huimos, desesperados, ca…
cada hombre tiene una sombra
ceñida en su cuello
mortuoria acechante bandida
sombra que muerde
el hueso de la nuca
y arma un muro de tristeza
mientras los dedos
enhebrados en los cabellos
besan amorosamente
la piel dormida

Cuerpo, Hanni Ossott

Por asalto al amor
sin preguntas
por asalto el cuerpo
los cuerpos
y comienza la danza
del animal en presa
hasta el cansancio
danza de cuerpos
sudores
sangre
rotación de cuerpos
canto elevado canto
a la sacra pasión del cuerpo


Hanni Ossott, "El circo roto". Caracas, 1996.
estoy aquí pero invisible
con un rostro que tantea
aquello que tanto escribe
invisible
ante la vida y la muerte
las manos se vuelven
locamente toscas
con ánimos de arañar espejos
a ver si en esa profundidad
también existe ese otro rostro
que a veces mira con aires de ingrato
que a veces alardea
que a veces emana una sensación de asco
que a veces simplemente me observa
con intención de cuestionar
pero la invisibilidad de esta otra cara
no se lo permite
y lo borra con los dedos más sinuosos

vos aquí no ingresás
tu palabra no pesa más que la mía
tu sombra no es más que un reflejo
no te temo
no te nombro
así no existís

Llueve que llueve

Llueve que llueve pero no poesía, no cuerpo incendiado; sólo un pequeño diluvio que parte mis dedos; que recorre por las palmas de las manos, delicadamente, como besando el deseo de que la lengua consiga morder aquello que aún no está. Eso que podría surgir si el miedo no se detuviese de forma constante en medio de la boca. Plumífera boca que anuncia soledad, del cuerpo, de las manos, que reducidas al miedo, muestran la ferocidad del vientre. De tener las palabras justas tal vez escribiría el miedo. La poesía no se me da. Desde hace tiempo que no se detiene en esta estación. Llueve que llueve pero no en esta casa. La sequía del cuerpo también contamina la voz. No pronuncio más que el nombre al hablar. Hablo como en murmullos porque de humedad carezco. Mi nombre es por hoy lo único verdadero. En el fondo quiero decir que creo más en lo que soy que en todo aquello que me es externo. Llueve que llueve pero no poesía. Llueve miedo, cansancio, palabras que hablan de aquello que me he apren…

A veces escribir es esto

Caracas, 04 de abril

A veces esto es escribir: lanzar al aire un montón de frases que sin duda marcarán la página. Tachar y rescribir lo duro del lenguaje. La palabra deseada que interiormente no quiere surgir. Dice que no es hoy el momento de salir a la luz, que no es el momento de hablar. Me pregunto cuándo lo será. A veces escribir es esto: simplemente mirar la página en blanco en espera de que ella lance un arañazo, visible y profundo. Y que el arañazo nos haga temblar. Que el estremecimiento sea una nueva herida. De ese modo el lenguaje hace tiritar, de miedo y de delirio, de espanto, por qué no; pero si no nos arriesgamos, nunca hablaremos las palabras que más duelen. El asunto es arriesgar al propio lenguaje; ese justamente que se mantiene en secreto y lo hablamos a solas. Nadie más que nosotros conoce el sabor amargo de la palabra que se repite dentro de manera silenciosa; y cada sílaba hace un hoyo dentro del cuerpo. Respirar no podemos, salvo a costa de dolernos inmensament…
Caracas, 31 de marzo

Soy de esas personas que cree en las palabras. Desde niña tengo ese afán de leer en un tono alto, para escuchar decir a mis labios, por ejemplo, la palabra resonancia. Si lo leído no resuena dentro del cuerpo, la lectura parece haberse diluido en un acto puramente automático, fútil y absurdo. El temblor de las palabras abre un espacio de una profunda intimidad; y tanto ellas como yo nos volvemos una parte de la otra. Nos mecemos en un vaivén extraño. ¿Eso es vivir la lectura? Soy de esas personas que cree que una palabra dicha en voz alta toma más fuerza. No logro perder la costumbre de tomar un libro de poesía y seguir con el mismo ritual. Eso. Para mí las palabras necesitan un ritual a diario. Y para mí hacer ritual es también amarlas. Lo mismo sucede con todo lo que se ama. Se van cercando los espacios, para que aquello que sentimos tan nuestro permanezca fuerte y estable. Y así sucede con la poesía. Leer poesía requiere de un entorno íntimo, sin duda mío. Hay pe…
Imagen
¿Qué me deparará este silencio? si la lengua calla hay un evidente malestar emocional por eso me cuestiono mi propio lenguaje. en estas palabras debería revelárseme algo la señal de un recto camino donde esta mano me conduzca hacia  unas aguas donde
milagrosamente el cuerpo adquiera otra vez el color el verdadero aliento la respiración hambrienta de esta escribiente que de diurna por hoy no tiene más que el nombre

Pintura de Odilon Redon. 
Leyendo varias cosas: conociendo a Herta Müller y a Alda Merini, y continuando con el segundo conjunto de crónicas de Clarice Lispector. Sumamente complacida especialmente con Herta. Su prosa posee una belleza fragmentada, porque la narración se constituye a partir de imágenes muy cortas de las que siempre el ojo queda prendado. Yo he quedado prendada hasta la médula.
Córdoba, 21 de enero

Comienzo un nuevo diario a pesar de que el del 2010 lo haya sentido tan corto. En los últimos meses he dejado truncas varias cosas: desde entradas de este diario como también poemarios sin terminar. Los abandoné justo en su mejor momento-no sé si se esplendor o de caída-pero el derrumbe, en mi vida, es tan necesario como el instante creador. Porque todo desplome significa un nuevo proceso que comenzará en algún otro tiempo.  Sólo en este mero acto de escritura- ¿automática?-no finjo. Cuando quiero gritar, escribo. Cuando me desbordo y no tengo este medio cerca, no escribo. Y es ahí cuando estoy obligada a cuestionarme severamente el acto de la escritura. Desde hace aproximadamente un mes que me silencio por diversos motivos: por falta de tiempo, por necedad o porque no me mantuve suficientemente quieta en un sitio por varios días. Es verdad: me he aventurado a hacer conscientes muchos pensamientos, pero siempre existe un nuevo impedimento que trae como consecuencia …

La mansa alegría (Fragmento) Clarice Lispector.

Pues la hora oscura, tal vez la más oscura, precedió a esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía intentar definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamarían alegría, mansa alegría. (Estoy un poco desorientada como si me hubiese sido quitado un corazón y en su lugar estuviera ahora la ausencia súbita, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado en la oscuridad diurna del dolor). No siento nada. Pero es lo contrario a un sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir. Pero también estoy inquieta. Estaba organizada para consolarme de la angustia y del dolor. ¿Pero cómo me consuelo de la angustia y del dolor. ¿Pero cómo me consuelo de esta simple y tranquila alegría? Es que no estoy habituada a no necesitar consuelo. La palabra consuelo apareció sin que la sintiera, y no me di cuenta, y cuando fui a buscarla, ella ya se había transformado en carne y espíritu, ya no existía más como pensamien…