Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es la limpieza del hogar. El cuerpo completo siente inapetencia. Hasta en la escritura ronda una desgana que crece como una sutil enredadera. Ella toda es un germen sin nombre, una vacuidad a la que temo, porque no sé cuánto más crecerá. Uno de estos días, presiento, sus hojas tocarán la almohada donde mi cabeza descansa. Adormecen mis manos, en la apertura algo cobra un nuevo sentido. Los dedos hacen un nuevo intento. Quieren tomar la pluma. Hincarla. En la profundidad está la herida. Y donde duele siempre hay algo que escribir. Mi voz es un eco en el cuarto, el lenguaje necesita una sintaxis que no surge, la pienso, pero toda palabra queda sólo adherida a la lengua.
Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es el sueño. Soñar largamente. El sueño como un viejo cristal que, al mínimo contacto, se romperá contra el suelo. El sueño largo y brumoso. Tinieblas de por medio. Despertar y sentir que, en esa otra profundidad, se vive mejor. Toco el sueño con los bordes de mi boca. Lo aspiro. La intensidad está en esa bocanada de sueño que chupo, que saboreo; cada fragmento me pertenece. Sin embargo, en esa salvación hay también pérdida: un conjuro que se rompe cada vez que despierto. Porque allá soy otra. Y columpio mi cuerpo desesperadamente, mis piernas vibran, estremeciéndose. 
Dormir. El tipeo se vuelve ferviente pero nulo. El ojo cierra al oído y este a mi boca. El sueño entreabre a la noche. De ella tampoco puedo salvarme. Porque caigo rendida, como un pájaro terco, oscuro, en medio de su respiración. Embeberme. Intimar. Involuntariamente, franquear muros. Derribar esa nocturnidad que anticipa niebla. ¿O claridad? A veces no se sabe si la noche resguarda o aniquila. Hay que creer que en ella se juega todo. Pero mi juego quedó trunco. Nunca pudo comenzar, nunca creí en él. Por eso, hoy, la melancólica desidia. La muerte. El laberinto y el espejo. La fragilidad en la escritura. El miedo en el lenguaje. Vacío. Baldío. En mí una mujer aterida. Sitiada. Cercada. La noche y yo jugamos a lo imposible: a bebernos, amorosamente, hasta llegar al hartazgo. La ceguera. El patío trasero de la casa que no existe. ¿Y entonces, para qué nombrarlo?

Comentarios

romina ha dicho que…
yo creo en la fragilidad... "A veces no se sabe si la noche resguarda o aniquila. Hay que creer que en ella se juega todo", me encantó.

abrazo enorme
Verónica Cento ha dicho que…
Gracias, querida. Esto surgió, aunque no te acuerdes, de una conversación con vos. ¿Te acordás que hablábamos de las cosas de las que no podíamos salvarnos? Me quedó esa frase deambulando firmemente en la cabeza, y luego de muchos meses se concretó.

Abrazo fuerte
Pablo Hernández M. ha dicho que…
no existe, entonces ¿para que nombrarlo?... que buen final es uno que no finaliza sino que deja abierta la posibilidad de que quién te lee continué tu historia a su manera

saludos
romina ha dicho que…
y mirá que nos reimos, pero somos oscuritas, eh! jaja

últimamente estoy entrando poco al msn... ya nos cruzaremos con unos ciber mates. abrazo mientras
Verónica Cento ha dicho que…
Gracias Pablo por tu lectura y por volver, siempre.

Saludos!
Verónica Cento ha dicho que…
Oscuritas, bien oscuritas, Romi. Detrás de esa oscuridad siempre hay un relámpago que ilumina. O al menos es bueno creer eso.

Quiero mates vía chat con urgencia.

Abrazo

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