cuerpo que tiembla
de tanto buscar el habla
y maldecir la lengua
los ojos mordidos
por el seno erecto
braman delicadamente
de adentro hacia lo bárbaro
lo cruel es enmascarar el nombre
tapiar el rostro que muge
desde la realidad desconocida
desatada mi lengua
despierto por fin
del desierto
la boca reseca
relame/revive
la humedad del augurio
un tenue brillo tienen mis labios
pero hablar no pueden
cuerpo que tiembla
manos carcomidas
y piel elástica
y acompasada a todo este dolor
el vértigo es apenas un columpio
donde me arrojo todos los días
henchidas
estas manos
no paran de escribir
y el temblor
la inocencia
de que se acabe
que algo interrumpa el incendio
poesía es también esta endereza
el asombro de reencontrarme con las palabras
detenerme en el llanto comedido
aluvión
remembranza de lo que alguna vez fue
un relámpago
suntuoso
y ya no existe
4 comentarios:
ese final, escalofrío...
muy bueno, vero
abrazo
Qué bueno verte. Hace tiempo que no cruzamos palabritas. Esto es parte de una serie de tres poemas que los escribí de un tirón. Luego los subo. Abrazos
Para qué detenerse, me pregunto, frente a lo que no existe, sabindo que lo que existe es esa sensación de fruta abierta cuyo zumo fluye por las grietas de la incertidumbre...Seguir entonces es imperativo, como si fuera una condena. Besos.
La incertidumbre es un deseo imperativo al parecer, Javier.
Gracias por seguir estando ahí.
Beso
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