Mientras tomo un café bien fuerte, me dan vueltas varias ideas sobre el tema. Todas se han ido hilando en estos días, paulatinamente, como una gran urdimbre, gracias a las conversaciones sostenidas con varias amigas y con mi madre. En medio de una conversación con una amiga, ella dijo: “es como un bosque que no te deja ver el árbol”. Inmediatamente pensé en la espesura, en ese ramaje brusco que luego de un tiempo se convierte en hojarasca y que no deja ver del todo lo que existe más allá de la mirada. Un árbol que está sometido a su propia sombra, como si unas manos lo hubiesen arrancado de la luz y lo hubiesen dejado en lo más oscuro de un cuerpo. Mi cuerpo adherido a una piel desolada.
Tobías
La luz, que ingresa por la ventana, mueve el mundo didáctico y emotivo de mi hijo Tobías. Parlan las manos sobre el papel. Nada es tan importante como entender que los sonidos están quietos sobre el agua. Aunque una quiera moverla, alterarla, ella está silenciosa, como abstraída de su entorno. No sabe decirlas, pero intenta, suelta “lenguaradas”, transforma un perro en guau guau. La música de fondo larga destellos de felicidad, de armonía, como si la vida fuese ir de compras de la mano de alguien a quien uno ama.
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