domingo, 7 de noviembre de 2010




me dije esa noche:
a escribir hasta que los dedos ardan
pero la mecha de mis manos se fue apagando
y pensar que por horas
fueron un cincel
pero de pronto
la llama declinó en lamento y en estampida
mi voz se quebró dentro
y las palabras
unas a otras
se dijeron:
ya es hora de detenernos
y lloraron interminablemente
una sobre el hombro de la otra
hasta que al fin amaneció
y una vez más brillaron
y yo retraída
me dije:
a escribir hasta que los dedos se apaguen

10 comentarios:

Javier F. Noya dijo...

El acto de escribir es, ciertamente, una compulsión. La imagen es todo un símbolo de eso, como acto lascivo, te nutre y te hace gozar hasta olvidar lo que era sentirse saciado, pues nunca alcanza. Destino de escritor, vicio de artista, ardor frenético de nuestra vida encendida a través de las manos. Besos, bella entrada.

Verónica Cento dijo...

Gracias querido Javier. Estaba suspendida en cuanto a la escritura, y de repente me solté.

Abrazo.

GEORGIA dijo...

Que no se apaguen nunca...hermoso poema...

te abrazo

Verónica Cento dijo...

Gracias Georgia. Otro abrazo.

María Elisa Vera dijo...

Me confieso una indisciplinada, inconstante con eso de escribir. Quisiera sentir que los dedos me arden y escribir hasta que se apaguen...no tener tantas dudas...
Vamos a ver qué pasa. Y como dice el gran Juan Calzadilla "que el poema sea el que nos lleve de la mano y no a la inversa".
Sigo en "Mínima".
Un abrazo.

Verónica Cento dijo...

Qué buena frase de Juan Calzadilla que aportaste, querida Elisa.
Tal vez el asunto sea dejarse llevar, a costa de cualquier riesgo..

Un beso, nena.
Pasaré por tu blog.

P. Mitelstet dijo...

brillante, me encanto

Verónica Cento dijo...

Gracias Pablo, un abrazo.

Mateo De Luca dijo...

genial!

Carla Valdés Del Río dijo...

Me encantó .... asi de simple ...