Admitir que este viaje ha sido un merodeo constante por lo más oscuro, cómo duele. Hincar la mirada allí donde todo se ha vuelto una espesura, esa costra que late y late en la piel, y en forma de cuerpo alza la voz para culparme. Desde que llegué tengo la misma sensación: de que algo en mí comenzó a desbordarse, y que un cimiento está por romperse. Miedo no me da, esta vez no. La sensación que siento es que debo seguir adelante.
Mi madre ha sido de gran ayuda. La palabra nos vinculó aún más, en el acto de intentar hablar sobre lo que duele. Transformación, me dije el otro día. Y algo empezó a correr entre mis órganos, desesperado, como un animal en celo.  El problema ahora es domar a ese animal, ponerle freno, porque si este se desboca, ambos nos desbocamos.  Sin embargo, desbocar al cuerpo también sería una buena forma de trascender lo físico a un terreno mucho más intangible. Que el cuerpo sea más que órganos cimentados por una tosca piel, que sobrevive.
La conversación ha dado buenos frutos. No lo conversé con todos, apenas con mi madre y con unas amigas. No es que no quiera contarles, resulta que no puedo, que la boca no quiere pronunciarse. 

Comentarios

Gabriela Carrión ha dicho que…
Escarba, escarba en donde más duela en tu corazón.
Es necesario estar como si no estuvieras.

Olga Orozco


Te acompaño mientras...
Verónica Cento ha dicho que…
Gracias amiga por el apoyo, te quiero!

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