De repente el ojo queda detenido en un
objeto, digamos un pájaro que está tendido en una rama oscura; él está allí,
silencioso, mientras mis ojos lo miran. Lo recorren. Piensan en la forma en que
se transforma el espacio con un simple parpadeo. Por ejemplo, si de pronto el
pájaro alzara el vuelo y se perdiese en la inmensidad, detrás de todo eso, qué
habría detrás de todo ese vacío que representó la huida de esa ave. ¿Mis manos
escribiendo y temblando mientras escriben, qué exactamente? Ese paisaje, ese en
el que los dedos teclean apresuradamente para no perder la imagen, también se
diluye, se transforma, acontece, acaba. Y el vacío. Aunque no haya un pájaro
tendido en el fondo del patio, en la rama oscura, latiendo, viviendo.
Tobías
La luz, que ingresa por la ventana, mueve el mundo didáctico y emotivo de mi hijo Tobías. Parlan las manos sobre el papel. Nada es tan importante como entender que los sonidos están quietos sobre el agua. Aunque una quiera moverla, alterarla, ella está silenciosa, como abstraída de su entorno. No sabe decirlas, pero intenta, suelta “lenguaradas”, transforma un perro en guau guau. La música de fondo larga destellos de felicidad, de armonía, como si la vida fuese ir de compras de la mano de alguien a quien uno ama.
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