martes, 25 de agosto de 2009

Esa oscuridad que avanza apenas como un súbito temblor de boca, casi como un párpado del rostro que nos mira desde esa otra sombra, también maligna, pero ferozmente hermosa. Esa sombra tan huraña y ajena que nos duele en el cuerpo, esa que atraviesa con furia el camino pedrogoso sólo para arrancarme del sueño y besarme los ojos grandes; sólo alarga su cuerpo y me toca, y me dice palabras al oído que dicen mucho más cuando se pronuncian entre murmullos.
Esa oscuridad que es apenas entendible, esa que entra raudamente y rompe con todo lo acordado, está aquí hoy sentada a mi mesa.

2 comentarios:

José M. Ramírez dijo...

Uno carga siempre son su sombra, pero en ocasiones es ella la que carga con uno.

Evangelina Trabucco dijo...

Ya que la sentaste a tu mesa, sé buena anfitriona y quizás te diga (como algunos fantasmas) qué es lo que necesita... Aprendizaje de la sombra.