lunes, 31 de agosto de 2009

Bien sé yo que si trepando la escalera del número 303 se hubiesen asomado todos ellos a la habitación de Adán Buenosayres, la presencia del héroe dormido les habría inspirado un generoso silencio, máxime si hubieran sabido que Adán, vuelto de espaldas al nuevo día, desertor de la ciudad violenta, prófugo de la luz, al dormir se olvidaba de sí mismo y olvidándose curaba sus lastimaduras; porque nuestro personaje ya está herido de muerte, y su agonía es la hebra sutil que irá hilvanando los episodios de mi novela.

"Adan Buenosayres"
Leopoldo Marechal

2 comentarios:

pezespajaro dijo...

Te dejaría un pedacito del libro de las tapas azules, pero, ¿y si no llegaste ahí?

después

Verónica Cento dijo...

Sí, después, aún no llegué. Gracias de todas maneras. Abrazos!