Heridas. Palpitaciones.Fisuras.El habla del cuerpo.


Quien narra historias alberga una esperanza. En la cercanía del cuerpo doliente lo expresable son las excrecencias, la contorsión, las respiraciones coartadas.
Desde aquí, el libro, la obra, no se cierran en un círculo ofrecido al descanso del contemplador. Desde aquí la promesa de la obra no es un sentido sino la descripción de una quema.
El cuerpo es lo discontinuo; acercar la obra al cuerpo, a la vía, significa acercarse a una geografía de temblores, hendiduras, paisajes, inconclusos, tránsitos.
La obra que es cuerpo y respiración es descriptiva, situacional, acontecimiento. La extensión de una náusea, la asfixia, la debilidad o la fuerza, la ansiedad del cuerpo en negación de sí mismo son sus visiones. No hay aquí posibilidad para el argumento. El cuerpo carece de argumento, no se propone para la discusión. Su tiempo es vertiginoso; fugaz e intermitente. Sus códigos oscilan entre la suerte, el azar, el vacío, los esplendores, la fuga, y el hastío.
Desde el cuerpo no hay uno que habla: se habla.
Quien desde la obra pronuncia el yo alberga la esperanza de “comunicarse” con lo exterior, un objeto se le presenta como posibilidad de diálogo.
Desde el se la obra es eco. No habla a nadie, tampoco alguien habla, lo que habla es un ser en situación, un se que impúdico se muestra como respiración. Se podría argumentar que allí hay la decisión de mostrarse y que una es una decisión del yo para entrar en comunicación con otro. Bien. Es posible. Pero en el fondo de esa decisión de mostrarse no hay exigencia. La obra en la cercanía del cuerpo no exige, exhibe su palpitar o sus disoluciones sin objetivo, en la desnudez propia de lo sin fe.
Desde el sin sentido no hay posibilidad para la adhesión. La tentación, el absurdo, los espasmos, la vida, el destajo, son las voces de quien se habla desde el cuerpo.
No se trata de literatura erótica. No se habla aquí de relatar las posibilidades de un sujeto que intenta reiteradamente alcanzar el éxtasis. La obra que desde el cuerpo está más allá del malabarismo circense, del catálogo de ejecuciones de un verdugo erótico sobre una víctima. El relato erótico no es todavía el habla desde el cuerpo, le antecede. Por ello la forma expresiva que más le conviene a éste es la novela o el cuento, no así la obra desde el cuerpo.
Cerca de la palpitación el lenguaje es fractura. Su decir es a retazos, se golpea cuando en la cumbre ya no puede articularse en un código sino en un grito, erupción vocal. A este lenguaje le convienen los ritmos bárbaros. Se ubica en los espasmos, en la histeria provocada para salir de sí mismo.
Lenguaje de trances, suplicios.
Lenguaje de arrabales del ser, de sus suburbios, de lo desconocido e indominado, lenguaje trasgredido, roto. Y aquí no puede esperarse algo. No se trata de definir un más allá de sí mismo, no hay un espacio trascendente exterior a mí. Desde el cuerpo, el espacio místico, Dios, se anulan; el cuerpo es dios.

Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo.
FUNDARTE.(Caracas, 1979)

Comentarios

romina ha dicho que…
qué genial, vero. me mató, buenísimo. ¿se agradece cuando alguien da en el blanco?
gracias, corazón.
Verónica Cento ha dicho que…
Sabía que te gustaría. Este ensayo forma parte de un librito maravilloso. Me encantaría que llegase a tus manos. Ya veré la forma, Carrión estará de por medio.

Besos!
Javier F. Noya ha dicho que…
Además de muy bien escrito, es una propuesta que recién conozco y resulta por demás interesante: la expresión corporal literaria ¡guauuuu! Va más allá de la escritura automática! Muy pero muy interesante y se arrima a lo que quiero expresar cuando escribo, es decir, esos soliloquios que surgen como una erupción, uan espontaneidad. Gracias. Es muy pero muy interesante. Besos.
Verónica Cento ha dicho que…
Javi, me alegro que te guste. Aclaro que no está completo, falta un último párrafo que no lo coloqué porque no lo sentí tan hermoso como todos los demás.

Beso.

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