lunes, 12 de julio de 2010

Acerca de Lautréamont

Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi, estaba como despojándose del sueño. Estaba con aguas, con algas, pero no con peces. Los peces se habían ido. Estaba acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: Lautréamont, Lautréamont, le dije, soy Fijman.
Y el me contestó que me quería. Que seríamos amigos ahora en el mar, porque los dos habíamos sufrido en la tierra. Pero no lloramos. Nos abrazamos. Después quedamos en silencio.


Jacobo Fijman.

2 comentarios:

Javier F. Noya dijo...

Vaya, todos tenemos nuestro autor al que perseguimos. Me ha pasado con Cortázar, al que esperé en varios cafés de Montparnasse, cerca de esa grotesca torre con mirador, pero no salió del cementerio. Saludos.

Verónica Cento dijo...

Sí, es algo loco, verdad? A mí me está pasando con Clarice Lispector. El otro día estaba mirando una fotografía de una gata y te juro que pensé: esta gata tiene los ojos de Clarice. Y mientras más lo afirmaba, los ojos del felino se acercaban más a los de la escritora. Eso nos hace la Literatura: nos vuelve tan vulnerables, y a la vez, con qué poco nos sentimos bien. verdad?
Ni hablar que ese día envié la fotografía a los amigos del fans club de Lispector.