Fría mañana para destapar mis manos. Escribir se ha vuelto cosecha infértil desde hace algún tiempo. Siembro, y aunque arroje la semilla al cuenco de tierra más profundo, se marchita en el instante exacto en que ese ser intenta enraizarse a este mundo. No es mérito de las manos la hondura en cada palabra. Aquí crece una flor salvaje y no me da miedo. Cavo con ahínco la tierra que nace con carroña, allí me esmero. Coloco mi oído sobre el suelo seco: escucho el corazón de este hogar. Los dedos buscan las curvas. Los vericuetos. El polvo. Los bichos. La negrura entre mis dedos me hace poderosa. Afuera está más húmedo y me preparo para el reposo. Dormir, con el cuerpo entumecido como  piedra. Golpear con el garrote hasta romper el frío. Penetrar hondo. En total oscuridad, mis ojos se iluminan. Escribo como quien ofrece, con total sutileza, una vela encendida, en medio de la noche.

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