Un domingo enrevesado. Desayuno en la cama, mientras miro una peli cursi que disfruto. Me anima a comenzar el día. Café muy caliente que cae en el edredón: mi cama es un paraíso de cafeina. Menos mal que no tocó a Clarice y su Agua Viva. Agradezco esta sensación de pequeña plenitud, a pesar de que los últimos días fueron tan oscuros y tristes. A veces un instante a solas puede iluminar más que una vida entera. Quererme sin preguntas ni respuestas. Descansar la cabeza en la almohada y organizar los poemarios viejos, sucios y anónimos. También todo eso es mío. Ahora a darle forma para lanzarlo al vacío del mundo. Un domingo que atraviesa una línea sombría: mi rostro aún sin lavar, ojeras y lagañas visibles al mundo. El pelo enmarañado, la cama y el desorden del siglo. Hoy es domingo y hay que disfrutarlo.
Atardece y salgo a la puerta de mi casa a encender las luces. Camino despacio, recortando la distancia que hay entre cada farol, y en un acto casi sagrado, doy luz a la posibilidad de esta noche. De fondo, un cielo rojísimo: tropel que arriba con toda su furia, pero nunca lastima. Estos caballos, mansos como el arroyo, se alimentan de la hierba de mi hogar. Forman parte de este paisaje. Aquí nadie te quita el aliento, salvo la noche. Por momentos, me parece poder oír el diálogo entre los árboles y el frío de esta noche. Escribo con frío, mientras mis manos deliran.
Comentarios