miércoles, 28 de septiembre de 2011

en Caracas llueve y llueve sin parar
belleza húmeda
escribo
y el ojo queda prendido del trueno
su grito adormece al oído
y el miedo se acobija desnudo
entre las manos
llueve
y el verde
de pronto
en el cuerpo
y mi casa con aroma a tierra mojada
a pies descalzos cruzando el río
de la sequía a la humedad
de la aridez a estas ganas de escribir
de tatuar
de forma precisa
el encandilamiento lluvioso
el caudal en la mirada

la precipitación

martes, 27 de septiembre de 2011

bien dentro
compungida
llanto corto
plegaria que no arranca
ojo húmedo
que pretende que moquee
largamente
no quiero morder el anzuelo
podría quedar
mareada de tanto mar
álgida palabra inacabada
álgido cuerpo temblando
álgida
más tácita
que presente
y enormemente
sola

sobrevivo

..

lunes, 26 de septiembre de 2011

Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es la limpieza del hogar. El cuerpo completo siente inapetencia. Hasta en la escritura ronda una desgana que crece como una sutil enredadera. Ella toda es un germen sin nombre, una vacuidad a la que temo, porque no sé cuánto más crecerá. Uno de estos días, presiento, sus hojas tocarán la almohada donde mi cabeza descansa. Adormecen mis manos, en la apertura algo cobra un nuevo sentido. Los dedos hacen un nuevo intento. Quieren tomar la pluma. Hincarla. En la profundidad está la herida. Y donde duele siempre hay algo que escribir. Mi voz es un eco en el cuarto, el lenguaje necesita una sintaxis que no surge, la pienso, pero toda palabra queda sólo adherida a la lengua.
Hay cosas de las que no puedo salvarme, y una de ellas es el sueño. Soñar largamente. El sueño como un viejo cristal que, al mínimo contacto, se romperá contra el suelo. El sueño largo y brumoso. Tinieblas de por medio. Despertar y sentir que, en esa otra profundidad, se vive mejor. Toco el sueño con los bordes de mi boca. Lo aspiro. La intensidad está en esa bocanada de sueño que chupo, que saboreo; cada fragmento me pertenece. Sin embargo, en esa salvación hay también pérdida: un conjuro que se rompe cada vez que despierto. Porque allá soy otra. Y columpio mi cuerpo desesperadamente, mis piernas vibran, estremeciéndose. 
Dormir. El tipeo se vuelve ferviente pero nulo. El ojo cierra al oído y este a mi boca. El sueño entreabre a la noche. De ella tampoco puedo salvarme. Porque caigo rendida, como un pájaro terco, oscuro, en medio de su respiración. Embeberme. Intimar. Involuntariamente, franquear muros. Derribar esa nocturnidad que anticipa niebla. ¿O claridad? A veces no se sabe si la noche resguarda o aniquila. Hay que creer que en ella se juega todo. Pero mi juego quedó trunco. Nunca pudo comenzar, nunca creí en él. Por eso, hoy, la melancólica desidia. La muerte. El laberinto y el espejo. La fragilidad en la escritura. El miedo en el lenguaje. Vacío. Baldío. En mí una mujer aterida. Sitiada. Cercada. La noche y yo jugamos a lo imposible: a bebernos, amorosamente, hasta llegar al hartazgo. La ceguera. El patío trasero de la casa que no existe. ¿Y entonces, para qué nombrarlo?

jueves, 22 de septiembre de 2011

cuerpo que tiembla
de tanto buscar el habla
y maldecir la lengua
los ojos mordidos
por el seno erecto
braman delicadamente
de adentro hacia lo bárbaro

lo cruel es enmascarar el nombre
tapiar el rostro que muge
desde la realidad desconocida

desatada mi lengua
despierto por fin
del desierto
la boca reseca
relame/revive
la humedad del augurio
un tenue brillo tienen mis labios
pero hablar no pueden

cuerpo que tiembla
manos carcomidas
y piel elástica
y acompasada a todo este dolor
el vértigo es apenas un columpio
donde me arrojo todos los días

henchidas
estas manos
no paran de escribir
y el temblor
la inocencia
de que se acabe
que algo interrumpa el incendio

poesía es también esta endereza
el asombro de reencontrarme con las palabras
detenerme en el llanto comedido
aluvión
remembranza de lo que alguna vez fue
un relámpago
suntuoso

y ya no existe

sábado, 3 de septiembre de 2011

Claricense

Caracas, 03 de septiembre

Hace nomás un momento leía a Clarice. Un texto de ella en general me despierta ganas de escribir. Se encienden las ganas. Resulta extraño pero de pronto me veo escribiendo. Algo sucede en mis dedos: un encandilamiento, me digo. Clarice es eso. Encandila enormemente. Ella toda es una luz intermitente. Por eso me aboco firmemente a su voz. Me permito anclar. Ser libre. Dejarme empapar de esa oscuridad tan lúcida. Acaso sea justamente lo que me atraiga de sus textos: esa luminosidad que ella le otorga, que ella devela en algunos de sus libros. Definitivamente pareciera entender algo que uno como lector no lo verá nunca. O como sólo sus ojos lo anticipan y sus manos lo demuestran arraigadas en el papel. Clarice es un soplo de audacia. Reafirmo mi amor por ella. Locamente. Endemoniadamente amo a esta mujer. Cuánto hubiese dado por haberla conocido. Agradezco poder tener varios de sus libros en mi biblioteca. Una linda cosecha que lleva el nombre Clarice Lispector.