La respiración del cuerpo galopante. La incisión y el cuchillo.
Los espejos y el cuerpo. La dulce tentación. El hartazgo. El escribir como
forma de inaugurar el presente. Hacerle frente. Dar la cara es la única forma
de sobrevivir. Cautela, me dicen en sueños. Clarice Lispector murmura desde el
silencio diurno y con la debilidad de su voz ausente: “He llegado a la
conclusión de que escribir es lo que más deseo en el mundo, incluso más que el
amor”. Pero de mi parte no hay respuesta. Me inclino sobre el papel blanquísimo
para escribir al tacto. Indefinidamente. Y el cuerpo ruge, y el milagro de la
escritura se hace al fin presente. Gracias Lispector de mi alma.
Atardece y salgo a la puerta de mi casa a encender las luces. Camino despacio, recortando la distancia que hay entre cada farol, y en un acto casi sagrado, doy luz a la posibilidad de esta noche. De fondo, un cielo rojísimo: tropel que arriba con toda su furia, pero nunca lastima. Estos caballos, mansos como el arroyo, se alimentan de la hierba de mi hogar. Forman parte de este paisaje. Aquí nadie te quita el aliento, salvo la noche. Por momentos, me parece poder oír el diálogo entre los árboles y el frío de esta noche. Escribo con frío, mientras mis manos deliran.
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Saludos.