sábado, 24 de octubre de 2009

Te palpaba como se enciende un cigarrillo nocturno. Mi boca transpiraba una humedad casi demencial que se adhería a tu piel como si fuese una lava. No quería fumarte ni beberte, quería tocarte como si fueses el último cuerpo, la última sombra de toda esta oscuridad. Tal vez la luna no sea más que un espejo recurrente de las palabras que no tienen rostro. Y allí, en el filo del vidrio, aparecen resguardadas.
Te tocaba como si hacerlo fuese infiltrarme en un nuevo tiempo. En realidad lo era pero no lo sabía. Te besaba el cuerpo caliente y sentía que entre ambos existía un vínculo que las palabras no lograban descifrar. El lenguaje nos era tan precario, o tal vez éramos nosotros quienes no sabíamos precisar qué sentíamos ante ese contacto. A veces construíamos la palabra amor, le conferíamos un nuevo significado, algo que sólo tuviese que ver con nosotros y con ese momento. Pero nuestras bocas también se silenciaban, y nos dormíamos en un eterno balbuceo.

Hacíamos el amor con todo el cuerpo, hasta quedar exhaustos. La sombra de la noche se acostaba del lado izquierdo de la cama y nos tocaba el himno a la muerte. Esa noche era tan solo nuestra. Había momentos en que la oscuridad era tan plena, que sólo bastaba con buscar las manos y tocar los dedos, para entender que en verdad existíamos dentro de toda esa negritud.

Casi entendíamos al amor y a la muerte.

5 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Intenso y provocador.

Saludos...

Rubén Darío Carrero dijo...

Carnación de noche cerrada.

Verónica Cento dijo...

Gracias, chicos. Saludos a los dos.

V. dijo...

Hermoso, me encanta como escribes.

Excelente haber encontrado tu blog :)

Verónica Cento dijo...

Gracias, V.

Pasaré luego por tu blog. Saludos.