Selva Roja

No he sabido medir con cuidado la intensidad con que la mano escribe o muerde al que ama. En el cuerpo ha comenzado a crecer una espesura con la que podría romper cabezas de ganado. Pero solo he aprendido a cortar naranjas y a sacar gajo por gajo su dulzura. Dentro nace, noche tras noche, una redada en contra de mí misma. El cuerpo palpita cual si fuese un engranaje a punto de estallar, sin embargo, se acostumbra a su naturaleza salvaje. Algo se orquesta al momento en que cavo con las manos dentro del cuerpo para entender dónde se esconde la maleza. Dónde su vértice de acero y su voz de ventrílocua. No he podido demostrar que una selva es mucho más que un terreno oscuro. Sé muy bien que un pez podría morder la trampa que he erigido en el trabajo constante de besar diente con piedra,  y ahogarme en mi propia red. Entonces miedo. 

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