De repente el ojo queda detenido en un
objeto, digamos un pájaro que está tendido en una rama oscura; él está allí,
silencioso, mientras mis ojos lo miran. Lo recorren. Piensan en la forma en que
se transforma el espacio con un simple parpadeo. Por ejemplo, si de pronto el
pájaro alzara el vuelo y se perdiese en la inmensidad, detrás de todo eso, qué
habría detrás de todo ese vacío que representó la huida de esa ave. ¿Mis manos
escribiendo y temblando mientras escriben, qué exactamente? Ese paisaje, ese en
el que los dedos teclean apresuradamente para no perder la imagen, también se
diluye, se transforma, acontece, acaba. Y el vacío. Aunque no haya un pájaro
tendido en el fondo del patio, en la rama oscura, latiendo, viviendo.
Ese otro rostro
La mujer del espejo me ha traducido un miedo en el cuerpo casi impronunciable Ella casi corporal me mira con sus ojos de lince en espera de que hable o deslice mis palabras debajo de la puerta del corazón para que logre por fin enunciar sus miedos Pero le temo tanto a ese otro rostro que se enfunda en el crepúsculo y cual si fuese la espada de la sombra propicia el juego de los espejos Nunca nos miramos a los ojos porque la noche arroja la oscuridad más terrible.
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