Fría
mañana para destapar mis manos. Escribir se ha vuelto cosecha infértil desde
hace algún tiempo. Siembro, y aunque arroje la semilla al cuenco de tierra más
profundo, se marchita en el instante exacto en que ese ser intenta enraizarse a
este mundo. No es mérito de las manos la hondura en cada palabra. Aquí crece
una flor salvaje y no me da miedo. Cavo con ahínco la tierra que nace con carroña,
allí me esmero. Coloco mi oído sobre el suelo seco: escucho el corazón de este
hogar. Los dedos buscan las curvas. Los vericuetos. El polvo. Los bichos. La negrura
entre mis dedos me hace poderosa. Afuera está más húmedo y me preparo para el reposo.
Dormir, con el cuerpo entumecido como piedra. Golpear con el garrote hasta romper el
frío. Penetrar hondo. En total oscuridad, mis ojos se iluminan. Escribo como
quien ofrece, con total sutileza, una vela encendida, en medio de la noche
Ese otro rostro
La mujer del espejo me ha traducido un miedo en el cuerpo casi impronunciable Ella casi corporal me mira con sus ojos de lince en espera de que hable o deslice mis palabras debajo de la puerta del corazón para que logre por fin enunciar sus miedos Pero le temo tanto a ese otro rostro que se enfunda en el crepúsculo y cual si fuese la espada de la sombra propicia el juego de los espejos Nunca nos miramos a los ojos porque la noche arroja la oscuridad más terrible.
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