Un domingo enrevesado. Desayuno en la cama, mientras miro una peli cursi que disfruto. Me anima a comenzar el día. Café muy caliente que cae en el edredón: mi cama es un paraíso de cafeina. Menos mal que no tocó a Clarice y su Agua Viva. Agradezco esta sensación de pequeña plenitud, a pesar de que los últimos días fueron tan oscuros y tristes. A veces un instante a solas puede iluminar más que una vida entera. Quererme sin preguntas ni respuestas. Descansar la cabeza en la almohada y organizar los poemarios viejos, sucios y anónimos. También todo eso es mío. Ahora a darle forma para lanzarlo al vacío del mundo. Un domingo que atraviesa una línea sombría: mi rostro aún sin lavar, ojeras y lagañas visibles al mundo. El pelo enmarañado, la cama y el desorden del siglo. Hoy es domingo y hay que disfrutarlo.
Ese otro rostro
La mujer del espejo me ha traducido un miedo en el cuerpo casi impronunciable Ella casi corporal me mira con sus ojos de lince en espera de que hable o deslice mis palabras debajo de la puerta del corazón para que logre por fin enunciar sus miedos Pero le temo tanto a ese otro rostro que se enfunda en el crepúsculo y cual si fuese la espada de la sombra propicia el juego de los espejos Nunca nos miramos a los ojos porque la noche arroja la oscuridad más terrible.
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