La respiración del cuerpo galopante. La incisión y el cuchillo.
Los espejos y el cuerpo. La dulce tentación. El hartazgo. El escribir como
forma de inaugurar el presente. Hacerle frente. Dar la cara es la única forma
de sobrevivir. Cautela, me dicen en sueños. Clarice Lispector murmura desde el
silencio diurno y con la debilidad de su voz ausente: “He llegado a la
conclusión de que escribir es lo que más deseo en el mundo, incluso más que el
amor”. Pero de mi parte no hay respuesta. Me inclino sobre el papel blanquísimo
para escribir al tacto. Indefinidamente. Y el cuerpo ruge, y el milagro de la
escritura se hace al fin presente. Gracias Lispector de mi alma.
Ese otro rostro
La mujer del espejo me ha traducido un miedo en el cuerpo casi impronunciable Ella casi corporal me mira con sus ojos de lince en espera de que hable o deslice mis palabras debajo de la puerta del corazón para que logre por fin enunciar sus miedos Pero le temo tanto a ese otro rostro que se enfunda en el crepúsculo y cual si fuese la espada de la sombra propicia el juego de los espejos Nunca nos miramos a los ojos porque la noche arroja la oscuridad más terrible.
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Saludos.