sábado, 30 de abril de 2011

Cuerpo, Hanni Ossott

Por asalto al amor
sin preguntas
por asalto el cuerpo
los cuerpos
y comienza la danza
del animal en presa
hasta el cansancio
danza de cuerpos
sudores
sangre
rotación de cuerpos
canto elevado canto
a la sacra pasión del cuerpo


Hanni Ossott, "El circo roto". Caracas, 1996.

lunes, 11 de abril de 2011

estoy aquí pero invisible
con un rostro que tantea
aquello que tanto escribe
invisible
ante la vida y la muerte
las manos se vuelven
locamente toscas
con ánimos de arañar espejos
a ver si en esa profundidad
también existe ese otro rostro
que a veces mira con aires de ingrato
que a veces alardea
que a veces emana una sensación de asco
que a veces simplemente me observa
con intención de cuestionar
pero la invisibilidad de esta otra cara
no se lo permite
y lo borra con los dedos más sinuosos

vos aquí no ingresás
tu palabra no pesa más que la mía
tu sombra no es más que un reflejo
no te temo
no te nombro
así no existís

lunes, 4 de abril de 2011

Llueve que llueve

Llueve que llueve pero no poesía, no cuerpo incendiado; sólo un pequeño diluvio que parte mis dedos; que recorre por las palmas de las manos, delicadamente, como besando el deseo de que la lengua consiga morder aquello que aún no está. Eso que podría surgir si el miedo no se detuviese de forma constante en medio de la boca. Plumífera boca que anuncia soledad, del cuerpo, de las manos, que
reducidas al miedo, muestran la ferocidad del vientre. De tener las palabras justas tal vez escribiría el miedo. La poesía no se me da. Desde hace tiempo que no se detiene en esta estación. Llueve que llueve pero no en esta casa. La sequía del cuerpo también contamina la voz. No pronuncio más que el nombre al hablar. Hablo como en murmullos porque de humedad carezco. Mi nombre es por hoy lo único verdadero. En el fondo quiero decir que creo más en lo que soy que en todo aquello que me es externo.
Llueve que llueve pero no poesía. Llueve miedo, cansancio, palabras que hablan de aquello que me he aprendido a costa de mucha memoria. Llueve pánico escénico, miedo al hablar y perder la voz en la acción de explicar mi propia escritura. Llueve tanto miedo que la voz se muere antes de encenderse. Ella alguna vez brilló acaudalada en mi garganta. Recuerdo que me dormía temblorosa y despertaba en sueños sólo para escribir. Ninguna palabra se perdió. Cada una se mantuvo resguardada. Esos eran tiempos donde la lluvia traía tanto pero tanto, que bailaba desnuda a la luz de las velas, para mirar de frente, si acaso había, el otro rostro; ese que también era mío y al cual adoraba. Esa era otra. Quizás más galopante al escribir, seguramente con menos temblores entre sus dedos, nada de miedos al pronunciarse. Repito: llueve que llueve en el cuerpo, algo más delgado por ahora, algo más resuelto si acaso alguien lo notase, no importa, ya no importa más que aquello que aún no está, que de seguro no saldrá a la luz por ahora, no porque no quiera, sino porque simplemente no puede surgir algo que el propio cuerpo ha decidido silenciar. La deseada palabra presa entre líneas.Y pensar que hoy llovió dentro de mí un diluvio que no sé dónde dormía. De seguro se mantuvo latiendo, en espera de que algún día, bajara las amarras del lenguaje. Hoy por fin padezco de un dolor hincándome el pecho. Horadándome.

A veces escribir es esto

Caracas, 04 de abril

A veces esto es escribir: lanzar al aire un montón de frases que sin duda marcarán la página. Tachar y rescribir lo duro del lenguaje. La palabra deseada que interiormente no quiere surgir. Dice que no es hoy el momento de salir a la luz, que no es el momento de hablar. Me pregunto cuándo lo será. A veces escribir es esto: simplemente mirar la página en blanco en espera de que ella lance un arañazo, visible y profundo. Y que el arañazo nos haga temblar. Que el estremecimiento sea una nueva herida. De ese modo el lenguaje hace tiritar, de miedo y de delirio, de espanto, por qué no; pero si no nos arriesgamos, nunca hablaremos las palabras que más duelen. El asunto es arriesgar al propio lenguaje; ese justamente que se mantiene en secreto y lo hablamos a solas. Nadie más que nosotros conoce el sabor amargo de la palabra que se repite dentro de manera silenciosa; y cada sílaba hace un hoyo dentro del cuerpo. Respirar no podemos, salvo a costa de dolernos inmensamente. A veces uno se siente vivo con sólo observar la blancura de la página y el temblor del miedo entre los dedos. Porque allí también hay una escritura opacada, silenciosa, que aún no se atreve a la vida. Quizás tampoco yo aún me atrevo a vivir demasiado. ¿Y qué?