viernes, 21 de enero de 2011

Córdoba, 21 de enero

Comienzo un nuevo diario a pesar de que el del 2010 lo haya sentido tan corto. En los últimos meses he dejado truncas varias cosas: desde entradas de este diario como también poemarios sin terminar. Los abandoné justo en su mejor momento-no sé si se esplendor o de caída-pero el derrumbe, en mi vida, es tan necesario como el instante creador. Porque todo desplome significa un nuevo proceso que comenzará en algún otro tiempo. 
Sólo en este mero acto de escritura- ¿automática?-no finjo. Cuando quiero gritar, escribo. Cuando me desbordo y no tengo este medio cerca, no escribo. Y es ahí cuando estoy obligada a cuestionarme severamente el acto de la escritura. Desde hace aproximadamente un mes que me silencio por diversos motivos: por falta de tiempo, por necedad o porque no me mantuve suficientemente quieta en un sitio por varios días. Es verdad: me he aventurado a hacer conscientes muchos pensamientos, pero siempre existe un nuevo impedimento que trae como consecuencia que eso quede dentro de mí como una masa aforma. Mi cabeza lo procesa pero con el tiempo se deforma, perdiéndose en la inmensidad de esta estructura. Lo que no se escribe se olvida. Eso debería ser una frase que me obligue en este nuevo año a vivir la escritura diariamente. Interrupción telefónica. Pierdo el hilo de forma abrupta. Prosigo con la lectura.

sábado, 8 de enero de 2011

La mansa alegría (Fragmento) Clarice Lispector.

Pues la hora oscura, tal vez la más oscura, precedió a esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía intentar definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamarían alegría, mansa alegría. (Estoy un poco desorientada como si me hubiese sido quitado un corazón y en su lugar estuviera ahora la ausencia súbita, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado en la oscuridad diurna del dolor). No siento nada. Pero es lo contrario a un sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir.
Pero también estoy inquieta. Estaba organizada para consolarme de la angustia y del dolor. ¿Pero cómo me consuelo de la angustia y del dolor. ¿Pero cómo me consuelo de esta simple y tranquila alegría? Es que no estoy habituada a no necesitar consuelo. La palabra consuelo apareció sin que la sintiera, y no me di cuenta, y cuando fui a buscarla, ella ya se había transformado en carne y espíritu, ya no existía más como pensamiento.
Voy entonces a la ventaba, está lloviendo mucho. Por hábito estoy buscando en la lluvia lo que en otro momento me serviría de consuelo. Pero no tengo dolor para consolar.
Ah, lo sé. Ahora estoy buscando en la lluvia una alegría tan grande que se vuelva aguda, y que me ponga en contacto con una agudeza que se parezca a la agudeza del dolor. Pero la búsqueda es inútil. Estoy en la ventana y sólo ocurre esto: veo con ojos benéficos la lluvia, y la lluvia me ve de acuerdo conmigo. Estamos ocupadas ambas en fluir.
¿Cuánto me durará éste estado? Percibo que, con esta pregunta, estoy palpando mi pulso para sentir dónde estará el dolorido palpitar de antes. Y veo que no está el palpitar del dolor. Sólo esto: llueve y estoy viendo la lluvia. Qué simplicidad. Nunca pensé que el mundo y yo llegaríamos a ese punto de maduración. La lluvia cae no porque me necesite, y yo miro la lluvia no porque la necesite. Pero estamos juntas como el agua de la lluvia está ligada a la lluvia. Y no estoy agradeciendo nada. No haber tomado, apenas después de nacer, involuntaria y forzadamente el camino que tomé-y habría sido siempre lo que realmente estoy siendo: una campesina que está en un campo donde llueve. Ni siquiera agradeciendo a Dios o a la naturaleza. La lluvia tampoco agradece nada. No soy una cosa que agradece haberse transformado en otra. Soy una mujer, soy una persona, soy una atención, soy un cuerpo mirando por la ventana. Así como la lluvia no está agradecida por no ser piedra. Ella es una lluvia. Tal vez sea eso que podría llamarse estar vivo. No más que eso, pero eso: vivo. Y sólo vivo es una mansa alegría.

Clarice Lispector
Del libro "Descubrimientos"
AH Editores, Buenos Aires, 2010.