viernes, 26 de marzo de 2010

hacer moldes para que quepa el cuerpo
entero, frágil y elástico
en este abismo
que lo llene
que abarque el miedo
la soledad y el abrazo roto
que no deje marcas de desiertos
en ningún margen
y que de pronto
a este destino lo sienta mío

martes, 16 de marzo de 2010

Nadie había enseñado al hombre esa complicidad con lo que sucede de noche, pero el cuerpo sabe.

Las cosas corrían un poco, felices fuera de tiempo.

Él no se preguntó si el milagro era el agua que lo encharcaba hasta la saturación o el camión bajo el garaje de lona, o la luz que se evaporaba de la tierra y de la boca iluminada de los perros. Como un hombre que llega, ahí estaba él, exhausto, sin interés ni alegría. Estaba envejecido como si todo lo que pudiese ser dado ya llegase demasiado tarde.

Clarice Lispector

"La manzana en la oscuridad"

miércoles, 10 de marzo de 2010

Luz Machado

Comparto con ustedes un nuevo descubrimiento. Lástima que sólo encontré dos poemas de ella. Si alguien sabe dónde puedo conseguir más poemas de Luz Machado, no duden en avisarme.




LA CASA POR DENTRO


La casa necesita mis dos manos.
Yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y sus gaviotas
muertas en el vuelo.
Conmoverme el jardín y su antifaz de flores dibujado,
el ladrillo inocente acusado
de no haber alcanzado los espejos,
y las puertas abiertas para las recién casadas
con su rumor de arroz creciendo bajo el velo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos,
la leche con el rostro del amanecer bajo la frente
con esa yerta soledad de una azucena
simplemente naciendo.
Debo quererla entera, salida de mis manos
con la gracia que vive de mi gracia muriendo.
Y no saber, no saber que hay un pueblo de trébol
con el mar a la puerta
y sin nombres
ni lámparas.


EN MI HABITACIÓN

Aquí están mis zapatos, con la forma
de los pasos y el pie que los dispone.
Aquí están mis vestidos, mis blusas y mis faldas
y mi ropa interior,
liviana y sencilla como una campánula silvestre
ya marchita,
mis medias que olvidaron las orugas
y han conocido antes la máquina y el ruido,
y después el latido y la huella;
mi paraguas, lánguido capullo, calabaza
del color del durazno y la cayena,
oh, mi mejor amigo defendiéndome
del cielo y su arrebato.
Espejos, libros, memorias de los viajes,
la música viniendo desde lejos,
su posada mariposa libérrima,
un lecho donde el sueño sólo es más sueño,
una lámpara antigua de la abuela materna,
una diversa advocación de vírgenes y santos
para la belleza y por los hijos, para la soledad,
esta máquina de escribir que llena de picotazos el silencio
como una gaviota furiosa y hambrienta
contra la huidiza verdad del mar,
este olor que de pronto se viene del jazmín
del jardín, desde la calle
a pelear contra el mío y mis perfumes
saliéndose de mí o del armario abierto.
Y retratos.
Y la vida haciendo ruido adentro y en torno
en cada día que pasa.


Ciudad Bolívar (Venezuela), 1916- Caracas, 1999

miércoles, 3 de marzo de 2010

este cuerpo
no reviste ni viste de luz
se aquieta en las tardes
y calma el susurro de muerte
aterido frente al espejo

a veces no quepo en su urdimbre
y juega mi boca la danza del crepúsculo

tiene esa marca despiadada del silencio
posee esa sombra anochecida e inviolable
que lo duerme todo

y apaga hasta el nombre