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Mostrando entradas de febrero, 2010
con estas manos
que ya no tiemblan
te escribo

no vuelvas
porque tu ausencia
ya no importa
alguna vez fue herida
y lo acepto
pero con el tiempo
se ha convertido
en polvo
que no deja marcas

el corazón ha tomado otro rumbo
y espero que no te duela

Homenaje de Ferreira Gullar a Clarice Lispector.

Morte de Clarice Lispector

Enquanto te enterravam no cemitério judeu
De S. Francisco Xavier
(e o clarão de teu olhar soterrado
resistindo ainda)
o táxi corria comigo à borda da Lagoa
na direção de Botafogo
E as pedras e as nuvens e as árvores
no vento
mostravam alegremente
que não dependem de nós.


Muerte de Clarice Lispector

Mientras te enterraban en el cementerio judío
de San Francisco Javier
(y el brillo de tu mirada soterrada
se resistía aún)
el taxi corría conmigo al borde de la Laguna
en dirección a Botafogo
Y las piedras y las nubes y los árboles
al viento
mostraban alegremente
que no dependen de nosotros

Enfermedad

Este cuerpo pide cama desde hace varios días. Una gran gripe se ha alojado dentro y no me permite hacer nada más que dormir. Duermo entonces mucho y de corrido. Tomo el libro de Clarice e intento una lectura rápida pero que me llene de sensaciones; que intente renovar este estado en el que estoy presa. Esta gripe se ha convertido en algo físico, no solamente en un estado de fiebre, sino que ha logrado cambiar la temperatura de este cuerpo a su antojo. A veces transpiro por horas, y el cuerpo se torna pálido, hundiéndose aún más en el abismo que se abre entre las sábanas y la cama. El miedo se ha hecho grande y fuerte y no deja de mirarme. Me señala con el dedo índice la grieta que ha abierto la gripe en mi cuerpo, y sonríe como si realmente disfrutara mi dolor. Esta enfermedad tan solo ha dejado una herida punzante que no deja de sangrar.
Caracas, 10 de febrero

“Sé que estoy nuevamente revolviendo en lo peligroso y que debería callarme para mí misma”

La oscuridad me da miedo. Siempre lo obscuro me dio cierto vértigo; tal vez, porque para ingresar en la oscuridad, es necesario no tener miedo. Y mi cuerpo temblaba tan sólo con la llegada de la noche. Existe en mí un miedo mucho más primigenio, que no tiene nombre, por eso nunca aprendí a nombrarlo. No sé de dónde surge, tampoco quizás importe. Él ya existe, es real a pesar de que no pueda verlo. Aunque puedo intentar aproximarme a una idea de su rostro. ¿Cómo será éste miedo en el espejo? Ese miedo está ligado inevitablemente a ésta noche, que es el lugar donde duerme el cuerpo; y que es también el sitio donde la boca se vuelve llama apagada, para que la palabra descanse, repose en la nocturnidad imposible. Ésta noche es infinitamente mucho más oscura que todas las anteriores. A pesar de que abra los ojos y la mire directamente, una de las dos se revuelca de miedo por la ot…

Bosquejo.

Existe la posibilidad de que todo lo que vive en la sombra permanezca allí para siempre; si la ventana que duerme junto a esa sombra no se permite nunca más mirar el día. Puede enceguecerse hasta que los ojos le estallen y que las imágenes que atesoran los ojos, de pronto, se pulvericen en una acción arrebata y sin sentido. Quedarían éstas manos que ya no sabrán qué intentar escribir. Todo lo que un día llegó por la vista se irá cual si fuese un torrente desesperado e inútil. La boca se olvidará de la mano y la mano de la boca. Y sucesivamente todos los órganos del cuerpo olvidarán qué función cumplían. Hasta que un día no quedará más que pedirle al habla que propicie nuevamente la creación; que desate la ferocidad en la mujer, y que le permita por fin levantar la mirada. Mientras tanto la sombra del cuerpo dormirá junto a un manzano. Estará allí, por horas, anticipando una oscuridad que está latente en su corazón pero que aún no es tiempo para hacerla aflorar. Hará intentos de mirarse…
mi boca repite tu noche
babea con su lengua
los hilos que te atan
a esa otra oscuridad
gatea hasta tu alcoba
e inunda
ese territorio de sombra
que es mi cuerpo
para que al dormirte
nos devoren
los mismos demonios
Las manos del hombre son siempre manos vacías. Roberto Juarroz
Siempre escribo con un vacío que se genera en mí; no tengo nada en el instante de la entrega. Mis manos escriben formulando palabras que vienen de muy lejos; pero el sentimiento que me dejan es de orfandad. Nadie posee nada que le pertenezca. Existe algo en esa labor que concibe un riesgo. ¿Riesgo de qué?