martes, 29 de diciembre de 2009

Insomne

i

hay noches en que no duermo
y el sueño se detiene junto a la puerta
a contemplar mi tránsito del insomnio hacia el delirio

escribo palabras
que hablan el lenguaje muerto de la oscuridad

el espejo refleja a esa otra
que se pronuncia sólo en la vigilia
tiene mi rostro pero no
su voz suena como un eco en mi garganta
como si la lengua me repitiese
una y otra vez

ii

no escribo
tengo miedo a ese silencio
que sólo surge cuando el día desaparece
y ahoga el ruido
para que mi cuerpo se adentre a lo nocturno

esta palabra tampoco duerme
pero mi boca no la pronuncia
no conoce el lenguaje del desvelo

y este verbo enfermo
no sabe decirse limpio
no sabe hacer silencio
sin rajar paredes
con la intención de dejar marcas
de miedo y de orfandad

sin embargo las marcas no dicen nada
son manotazos de palabras de boca partida
de miedo y de llanto apagado
por no poder pronunciar
esa oscuridad o ésta que me pertenece

iii

el espejo es
un pájaro oscuro que balbucea este rostro
que lo muerde lo burla y lo oscurece
aún más de lo pactado
y le concede el lenguaje de las aves nocturnas

hay noches en que un insomnio prolongado
hace con mi cuerpo una sola lujuria

sábado, 19 de diciembre de 2009

Solo dos más.

i

la palabra es una grieta
que cruza este cuerpo
como si un sonámbulo
temblara en la noche

no duele en la boca
la hendidura
existe en mí
al pronunciarse

la lengua
lleva el tajo hiriente
en su garganta

lo pronuncia a diario
como propio

ii

primero fue el verbo
en el mundo
y la palabra tronó
en toda la tierra
el cuerpo todo
caminó por el paraíso
buscándote

luego vino el silencio
y la imposibilidad de entender
el lugar desde donde
las palabras surgen
como fieras

primero fue el verbo
en todo el mundo
luego la palabra
arrebató mi muerte

Otro de Villalba. Para vos, Romi.

La gaviota

La precisión,

la cadencia

de fuego,

la sobriedad con que se apuesta

entre el sudor y el viento,

el arenado refracta la luz

que te revelaría inmóvil.

Calzar a la medida

el arma de tu cuerpo,

el peso exacto

del silencio,

de la hora, detrás de la ventana.

Podrías estar en un pueblo

de México,

Arizona,

hay algo en este hotel

donde ya no recordás

qué viniste a olvidar.

Ahora el viaje te persigue,

cada mañana escapás

de cada noche

anterior.

El temporal presagia un punto

en que nada quede

en pie.

¿Pero estarás aquí

cuando limpien la playa de restos

de tejados, pájaros

y botes?

Ya no se ven las casas

pero están

y las banderas de Texaco.

Vendrán a buscarte.

El bus te encuentra en cualquier sitio

en que te hayas perdido,

saben que no sabés

dónde ir, como el mar

impunemente

deja a su lado lo que mata.

Hazte hombre, decís

a un mar atento a tu voz

de alto.

Masivamente pierde su eficacia,

las guerras por millones,

los accidentes de miles

nos aburren.

La sal

opaca el vidrio,

el fondo que parece

emerger es previsible,

ensimismarse es engañoso,

culpable de suicidar

o seducir.

Llevo una bala entre los dientes

cuando beso,

tengo en la lengua el gusto

a metal de la Hotchkiss,

tus muertos gozan

un funeral de escarabajos.

En los baños de rutas

o estaciones donde hago el amor

sin desvestirme, yo sé

-decís al mar que rompe

las sillas de la rambla-

lo que es un corazón,

se macera en lo mismo

que lo pudre

que es su orilla.

Aquí estoy

y no llegas,

sólo un escupitajo,

un toldo desgarrado,

como un adolescente.

Me alimento de verte.

Podés confiarme ese secreto

deseo de matar despacio

y razonado como un hombre,

hacer de tu vaivén una estrategia.

Un cazador

inventa su animal para matar;

en cada huella ve su sombra

a punto de saltar

a la existencia.

La hiena ríe última

y sola

ante los restos.

No confíes en quien bebe

ante un vidrio,

ante tu corazón que persiste

en desplegar su botín de espinazos

hebillas, caracoles,

lo que creés abandonar

te delata

con su resaca de oros,

todo es memoria

en perpetuo movimiento.

Soy, como vos, el cuerpo

de la bruma,

su límite, ir

y venir por nada que comprendas,

haszte hombre, yo te diré por qué

se agita el mar.

Tu amenaza, decís,

empieza a ser monótona,

constante tu inasible

país, tu lengua

que promete rodar en la saliva

del destino,

acabar en el vacío completo

de sentido, es decir

no escuchar.

Ya ves,

soy la granada a punto de estallar

en defensa del amor

en el momento del amor.

El bus

parece haberte olvidado,

los barcos no salen hoy,

estás atrapado

entre cielo y tierra.

La voracidad de la gaviota

resiste en el viento,

un plomeo abierto,

convincente,

cae en el alféizar.

Abrís la ventana y la llevás

a la mesa,

sabés que el barman se molesta

pero sos extranjero.

Boquea, metés los dedos

en el brandy

y dejás caer gotas

en el pico,

se retuerce con un grito afónico,

golpea contra la mesa

el ala destrozada,

se pegan plumas en tu vaso.

Vendrán a buscarte.

Vendrá el bus y el mozo

tirará el cuerpo a la basura,

dejás tus restos,

cumplís tus pactos.

El mar ruge, ciego,

después de todo no mata

para ver,

no entiende nada.

Te levantás,

esperás que te encuentren,

cada día en esos cuartos

con olor a cajones vacíos,

a cepillos o navajas olvidadas.

Cada ventana abriéndose

a un camino

que baja siempre al mar,

siempre un cartel

que dice usted está

aquí.

Siempre un lamento de gaviota,

animal de petróleo y basura

y viento,

decís, dando la espalda al mar.

Una pasión de metralla

requiere el silencio del cuchillo,

la sorpresa

en el discurso, ser

y desaparecer en acción.

Soy el disparo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La pantera. Susana Villalba

Matar al animal

requiere un animal

sin sombra.

Vas caminando por un monte

o te parece, no sabés dónde estás;

creés que lo sabías

cuando llegaste.

Ese negro

bien puede ser una pantera

o mujer,

no te das cuenta.

La mirada salvaje te gusta,

no, te calienta.

No, te mira

como quien no comprende

dónde está.

Ya estás perdida,

tendrías que llevarla a tu casa

pero sabés cómo termina:

un animal herido

siempre ataca.

Tendrías que matarla,

ahora,

antes de que sea tarde

o por piedad.

Pero esa mirada es una trampa,

si es pantera

sabe matar mejor

que vos.

Nadie sabe tu nombre

aquí

y ahora él

o mujer te da la espalda.

Pensás en un Remington

liviano

de distancia corta.

Pero nadie escucharía,

Red Hot los distrae,

a vos también.

Y no se mata por la espalda,

lo viste en las películas

o creés en eso.

Matar

es otra cosa.

Ahora te mira y ya sabés,

vas a llevarla a tu casa.

Está tocado por la gracia,

está a la vista

o vos lo ves, no estás segura,

o tiene algo

que creés comprender.

Y sin embargo

sabés cómo termina:

no sabés cómo

te hirió si te quería.

No querés acercarte,

te mira como miran los gatos

cerrando los ojos.

Es un hombre

por la manera de fumar,

se apoya en la barra

frente a vos,

los dos están perdidos.

Pensás en el Remington,

nunca tuviste uno.

Matar es otra cosa.

Nadie parece comprenderlo,

el negro tampoco pero ve

que tenés un cigarrillo

en la mano

y otro ardiendo

en el cenicero;

se acerca y lo fuma.

Estás perdida,

creés saber cómo termina

y volvés a equivocarte,

apaga el cigarrillo

y se va.

Ahora nadie

se parece a tu deseo.

Y es que no se parecía.

Una pantera perdida

en su memoria

o forma de mirar

o lo que fuera

que no vas a saber.

Tomás un taxi pensando

demasiada belleza no es el móvil,

es la coartada.

Para matar a una pantera

hay que cerrar los ojos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

no hay tarea más absurda
que combatir el temblor del pulso
cuando la palabra
surge de estas manos
cual si fuese un río desbordante

viernes, 4 de diciembre de 2009

Miedo de la liberación, de Clarice Lispector.





Si me detengo demasiado mirando Paysage aux oiseaux jaunes (Paisaje de pájaros amarillos), de Klee, nunca más podré echarme atrás. Valor y cobardía son un juego que se juega a cada instante. Asusta la visión tal vez irremediable y que tal vez sea la de la libertad. El hábito que tenemos de mirar a través de las rejas de la prisión, la comodidad que trae aferrarse con las dos manos a las barras frías de hierro. La cobardía nos mata. Pues existen aquéllos para quienes la prisión es seguridad, las barras un apoyo para las manos. Entonces reconozco que conozco pocos hombres libres. Miro de nuevo el paysage y de nuevo reconozco que cobardía y libertad estuvieron en juego. La burguesía total se derrumba si se mira Paysage aux oiseaux jaunes. Mi valor, enteramente posible, me amedrenta. Comienzo incluso a creer que entre los locos hay quienes no lo están. Y que la posibilidad, la que verdaderamente es, no es para ser explicada a un burgués cuadrado. Y a medida que la persona quiera explicar se va enredando con palabras, podrá perder el valor, estará perdiendo la libertad. Les oiseaux jaunes no pide ni siquiera que se lo entienda: ese grado significa más libertad todavía: no tener miedo de no ser comprendido. Mirando la extrema belleza de los pájaros amarillos calculo qué ocurriría si yo perdiera por completo el miedo. La comodidad de la prisión burguesa tantas veces me golpea la cara. Y, antes de aprender a ser libre, yo todo lo aguantaba-sólo para no ser libre.

martes, 1 de diciembre de 2009

Cuando las palabras no dicen nada luego del diluvio, uno se siente como varado en medio de una gran noche. Ya no quedan fuerzas para sostener el barco, y sólo resta escribir acerca del naufragio. ¿Pero qué escribir exactamente?
Las velas izadas ya no hacen formas lúcidas en esta lengua, sólo sobrevuelan como tristes pájaros en un cielo perdido. Mi mano arriesga sólo a escribir las formas más indefensas. Mientras tanto mi cuerpo se hace fuerte para enfrentar a lo otro que se avecina. La puerta de entrada está cerrada, sin embargo se abre como si fuese el mismo cuerpo entreabierto que yo ahora toco. Lo descifro a partir de los signos insomnes que tiene la noche, mas nada queda por decir: la luz del día se precipita sobre mí y sólo quedan rastros de un mal sueño.